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El agua que cura la locura

Viaje a las fuentes del Nilo Azul

A unos 450 Kms., al noroeste de la capital de Adís Abeba, la capital de Etiopía, en un lugar llamado Gish Abay, nace el poderoso río Nilo Azul. Es el brazo que más agua aporta al gran Nilo. Existe otro ramal de más longitud, pero de menos caudal, es el Nilo Blanco. Ambos ríos se unen cerca de Jartum (Sudán) y ya, formado un único río, el Nilo se marcha hasta su desembocadura en el mar Mediterráneo. Pero el surgimiento del etíope Nilo Azul, más que un paraje geográfico, es un lugar histórico, religioso y hasta dicen que milagroso y, además, descubierto por un español, Pedro Páez. Este es el relato de un viaje a las fuentes del Nilo Azul.

Autor:
Antonio Picazo

Una sucesión de pueblos de la región de Gojjam, en el noroeste de Etiopía, algo embarullados e hilvanados por una carretera con más viruela que asfalto, se disuelve poco a poco, para convertirse finalmente en un paisaje de extensas praderas salpicadas de vacas que pacen sobre un verde optimista. Árboles y peregrinos se dirigen hacia el santuario de Gish Abay, en pleno nacimiento de uno de los dos principales brazos armados del río Nilo, este de aquí es el Nilo Azul, el otro es el Nilo Blanco, situado más al oeste, y recorre otros países africanos.

Llegar a las campas de Gish Abay no necesariamente significa asistir al parto jubiloso del río que más agua aporta al gran Nilo. Y es que si bien el Nilo Blanco posee mucha más longitud, el Azul contribuye al fluido general con mucho más caudal y más vitalidad. Pero por eso mismo extraña que lo que tendría que ser un motivo de regocijo es, y nunca mejor dicho, un gozo en un pozo. Descender por las cuestas de Sekela, la población inmediata a Gish Abay, hacia las campas en donde surge el Nilo Azul, no es un camino de rosas. Primero, porque el sitio donde se supone que se encuentra la única fuente del río está ocupado por el credo cristiano ortodoxo copto etíope (la iglesia tewahedo) practicante de una liturgia medieval, con unos largos y tediosos ritos cristiano-primitivos, y con uno de los cleros más agobiantes, abusivos y déspotas para el devoto de a pie. Y en segundo lugar, porque, por ejemplo, y particularmente en un día de fiesta sacra, en esta especie de santuario (el santuario concreto no es más que una caseta precaria, aquí se encierra la fuente del Nilo Azul) se reúne toda una auténtica corte de los milagros. Porque los coptos dicen que el agua naciente del Nilo es milagrosa.

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Nacimiento del río Nilo Azul. Gish Abay (Etiopía). Foto: Antonio Picazo (c).

Entonces, al ir descendiendo hacia donde se halla el recinto religioso, marcado y rodeado por unas precarias vallas vegetales, aquí y allá, comienza a oírse una ventisca de gritos enajenados, alaridos, aullidos, más quejas que lamentos. Y por el mismo sendero de bajada, entre peregrinos y curiosos, una chica bellísima, de rasgos sabeanos, morena clara, atractiva a más no poder, luciendo un elegante, nuevo y bien escogido vestido estampado en rojo y blanco, grita, salta, se arroja al suelo, se planta de rodillas, encrespa y enmaraña los dedos de unas manos que parecen garras. Vuelve a echarse al suelo, se agita y convulsiona. Una amiga le asiste y en alguna medida le ayuda a levantarse, a calmarse. La joven se tranquiliza, pero poco tiempo después, vuelve a arrodillarse y a destrozar su belleza con nuevos gritos y quebrantos. Al fondo de la pradera, siempre dentro del recinto, otros alaridos, lejanos o cercanos, siguen moteando la muchedumbre. Aquello es un salpicadero de perturbados que han venido en busca de alivio y anhelos, porque en Etiopía es sabido, las aguas de la fuente sagrada del Nilo Azul curan la locura.

Pero no solo es la locura lo que curan estas aguas, también otras muchas dolencias. Por eso, desde la caseta-santuario largas filas formadas por botellas, garrafas y, sobre todo, por bidones -los populares, coloristas y característicos bidones africanos, amarillos o azules, de entre dos y veinticinco litros de holgura- esperan para que los numerosos recipientes se llenen con el agua prodigiosa que brota del Nilo nuevo y que se la encierra en la caseta-santuario. Es esa la fuente a la que el clero copto impide acceder si no se es devoto de esa creencia, aunque no hay nada que a una buena propina heterodoxa, ofrecida al correspondiente monje ortodoxo distraído adrede, le pueda impedir franquear la puerta y bajada al subsuelo de la caseta, hasta allá donde mana el Nilo.

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Foto de autor. Antonio Picazo (c) en las fuentes del río Nilo Azul (Etiopía).

De tal manera, que entre hileras de vasijas, los piadosos de fe invariable, los mendigos de todos los tamaños, los enfermos y mutilados, y cada loco con su tema, se arremolinan alrededor del pope ortodoxo copto que, dirigiendo la fiesta, bajo su parasol de colores rotundos y bordado con hilos dorados, que simula la bóveda celeste, manda el descenso ordenado hacia la fuente, hacia las paredes que chorrean la promesa de un cierto baño de sanación garantizada, gracias a estas aguas tan farmacéuticas. Aguas milagrosas para llevar, beber y mojar, Lourdes y Fátima, al fin y al cabo, no están tan lejos de Etiopía.

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Gish Abay. Santuario de las fuentes del río Nilo Azul (Etiopía). Foto: Antonio Picazo (c).

Y sin embargo en Gish Abay, en contra  de la opinión de los acaparadores coptos, no hay solo una fuente del Nilo Azul, este río practica el multialumbramiento. En las mismas campas del lugar, especialmente fuera del recinto religioso, surgen brotes espontáneos de agua repartidos en  el terreno que, aprovechando el suave desnivel, van tributando su nacimiento hacia los diversos hilos de corriente que a su vez, van uniendo sus mínimos cauces infantiles de pis y pañal, hasta formar un arroyo que luego se irá hinchando hasta que a eso de unos tres kilómetros de Gish Abay, ya va adquirir hechuras de adolescencia, tomando ruta y camino en dirección norte, hacia el no muy lejano -unos noventa kilómetros- lago Tana. Sí, varias surgencias, y no solo una, entre ellas la de la caseta sacra. Caramba, aunque el terreno de las campas de Gish Abay es absolutamente estable, entre vacas que pastan y pastores que pastorean, cualquiera que por allí deambule resulta que camina, sin mucho advertirlo, sobre el mero tapiz verde de un pantano subterráneo.

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Gish Abay. Detalle del santuario de las fuentes del río Nilo Azul (Etiopía). Foto: Antonio Picazo (c).

Eso es lo que vio aquel 21 de abril de 1618, el descubridor de las fuentes, el español Pedro Páez Jaramillo (Olmeda de las Fuentes (Madrid) 1564 / Gorgorá Velha (Etiopía) 1622). Este jesuita, más interesado en su trabajo misionero, y en especial en su labor de convertir al catolicismo al rey etíope Susinios (o emperador, según se vea) que de ser descubridor de geografías, un día que acompañaba a un grupo de exploradores del ejército real, llegó hasta unos prados en donde observó “… dos ojos redondos de cuatro palmos de largo”. Un par de ojos de agua que destacaban entre otros menos aparentes, pero igualmente lagrimosos, y otros arroyos que iban formando ese río chicarrón con mucho futuro y poderío. Páez era el primer europeo que veía lo que tanto habían querido observar personajes como “Ciro, Cambises, Alejandro Magno, o Julio César”. Y así lo contó en su libro Historia de Etiopía, una gran obra que en realidad resultó ser un valiosísimo tratado multidisciplinar sobre la tierra etíope y sus gentes, la del mítico Preste Juan, ese territorio tan peculiar de África.

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Cataratas de Tis Isat. Río Nilo Azul (Etiopía) Foto: Antonio Picazo (c)

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Salida del río Nilo Azul desde el lago Tana (Etiopía) Foto. Antonio Picazo (c).

Pero Páez, como buen antihéroe, fue del río a sus asuntos, de hecho, el relato del descubrimiento, y por razones y estrategias clericales, por no calentar las competencias, o incompetencias, misioneras, piques, dimes y diretes, entre órdenes católicas (dominicos y jesuitas) que eso es de otra historia, quedó semioculto y, en cualquier  caso, en la soledad del olvido. De ahí que, 152 años después de que Pedro Páez, descubriera el origen del Nilo Azul, en 1770, el escocés James Bruce, quiso apropiarse de la honra de ser el descubridor de las fuentes. Y no solo eso, el tramposo de Bruce -que sabía que el jesuita español había estado siglo y medio antes que él en Gish Abay- en sus distintos escritos y reportes exploradores, ridiculizó a Páez, y a sus compañeros misioneros católicos. Hurto de ideas y patentes, suplantación, campaña anticatólica y antiespañola, todo muy británico.

Pedro Páez, cansado, pero pleno de conocimientos y experiencias vitales, murió a causa de la malaria, el 20 de mayo de 1622, en Gorgora Velha, a orillas del lago Tana. Su cuerpo jamás ha sido encontrado, se cree que fue enterrado bajo el altar mayor de la cercana, y hoy en ruinas, iglesia de Gorgora Nova, pero los arqueólogos -precisamente españoles- que allí vienen trabajando desde hace algunos años, todavía no han realizado excavaciones en ese lugar. Aunque también hay quienes afirman, que los restos del descubridor de las fuentes del Nilo Azul fueron robados, quemados y sus cenizas esparcidas, por los sacerdotes ortodoxos coptos, los grandes enemigos y competidores del misionero católico Páez.

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Pedro Páez. Única imagen existente del descubridor de las fuentes del Nilo Azul.

En Gish Abay continúa el salpicado de voces y gritos, pero también de oraciones y súplicas dichas entre susurros y murmullos. Ahora, un enajenado anda atacando a las personas que encuentra en su deriva por la cuesta abajo que lleva al santuario de las aguas. Acaba de agredir a un forastero, aunque la cosa no ha ido a más porque algunos han reducido y retirado a tiempo al trastornado. Como algunas mujeres también acompañan fuera de la campa a la bella loca, que abandona las fuentes con su mirada ida, viendo cómo se marcha el río, la tarde, y a ella le abandona la cura de su locura.

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Nacimiento del río Nilo Azul. Gish Abay (Etiopía).
Foto: Antonio Picazo (c)

Arte firma

Autor:

Antonio Picazo Díaz
Escritor, periodista y crítico de literatura de viajes, así como de libros de antropología, narrativa y naturaleza. Ha publicado cinco libros de viajes, los tres últimos han sido: Latidos de África (Editorial Desnivel); Viajeros lejanos (Ediciones del Viento) y la novela El crimen tropical del señor obispo (Ediciones Dauro).

Blog: La Caverna Viajera y Literaria: https://unacavernaconvistas.wordpress.com/

Correo electrónico del autor: ap28032@gmail.com

Referencias

-Historia de Etiopía. Pedro Páez. Ediciones del Viento. 2014.
-Etiopía (Entre la historia y la leyenda) Juan González Núñez. Editorial Mundo Negro. 2018.
-Cartas desde el Nilo Azul. (VV.AA.) Wenceslao Soto Artuñedo (Coordinador). Editorial Xerión. 2020.
-Pedro Páez y las fuentes del Nilo Azul. Mario Lozano Alonso. Editorial Fundación Universitaria Española. 2019.
-Viajeros lejanos. Antonio Picazo. Ediciones del Viento. 2015.

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